Semana Santa Cora

Créditos de imágen de portada: Fernando Rosales. (1999). Semana Santa Cora. Santa Teresa del Nayar. Imagen buscada el 10 de septiembre de 2017 de Galería de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas. Sitio web: https://www.gob.mx/cdi/galerias/semana-santa-cora-santa-teresa-del-nayar-fernando-rosales-1999
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*Escrito en la primavera de 2011, tras una impulsiva visita del autor y su familia a Jesús María, El Nayar, Nayarit.
 

El aire quema. Ciento treinta kilómetros separan a Jesús María de la carretera panamericana. Camino desolado de pueblos atemporales y paisajes abrazadores. Camino de transiciones. La selva baja, sus parotas y papelillos, su río de piedra bola. La Sierra Madre Occidental se manifiesta y con ella, los primeros pueblos coras de la ruta. La humedad disminuye drásticamente, el paisaje se vuelve seco y accidentado. Cerros y barrancas. Un silencio abrumador y un horizonte incierto. Casas dispersas. El aire quema.

Jesús María se funde con la sierra. Las calles exteriores son adoquinadas, hay árboles y un hospital mediano. Se percibe cierto orden en la comunidad. Poco después, la avenida que conduce a la plaza indica lo contrario. El cuadrante central tiene pocos árboles; el templo y la presidencia son de una arquitectura ingenua. Las calles son de terracería debido a su uso ceremonial. Los pies en comunión con la tierra.
Los coras serán autoridad estos días. No puede haber contacto físico entre los espectadores y nadie puede entrar al río. No se vende alcohol. El registro audiovisual está controlado. Quienes están de visita reciben miradas de distanciamiento. La atmósfera es tan íntima que se acerca a lo hostil. Una cortina de polvo inunda al pueblo. Cientos de adolescentes corren por las calles haciendo que la tierra vuele. Misterio hostil y seductor. La judea cora ha comenzado.
El pueblo es invadido por el ejército de los judíos, los demonios, los borrados despojados de su alma. Puros hombres. No rebasan veinte años de edad. El ritual exige un gran esfuerzo físico. Los adolescentes se han preparado por semanas y utilizarán peyote para soportar el calor, las horas corriendo bajo el sol, las noches sin dormir. La judea inició la noche del miércoles con la danza de la tortuga. Ritual erótico, cortejo a la Tierra.
El jueves santo, los borrados se transforman. Máscaras. Cuerpos de blanco y negro. Negro de tizne de olote, negro de pintura para zapatos. Ahora son soldados y mujeres, reyes y dragones, centuriones y fariseos. Animales y un solo venado. Ritual vivo: hoy, las máscaras de papel conviven con las de látex de personajes políticos y mediáticos. Las espadas de madera con las pistolas plásticas. Algunos soldados llevan pintados caracteres vagamente asiáticos. El clan se autonombra como tailandeses. Entre las hordas aparecen escudos. En ellos hay banderas mexicanas y estadounidenses, ahora serpientes, ahora la vírgen de Guadalupe. Demonios fugaces de fe sincrética y temporalidad ambigua.
Los borrados comienzan a danzar por la calles de Jesús María. En su cinturón -casi siempre piteado- cargan una sonaja de piedras dentro del caparazón de una tortuga de río. Al marchar o danzar, la sonaja produce una sonido secuenciado, hipnótico.
Los judíos recorren Jesús María en grupos. A veces son unos cuantos corriendo por un callejón, ahora son decenas que se detienen frente a un árbol. Sin desplazarse, danzan. El ritual parece aleatorio. Están en todo el pueblo, es imposible encontrarlos reunidos.
Demonios desafiantes. Es difícil verlos a los ojos.
Podrían ser cuatrocientos, como los muchachos que intentaron matar a Zipacná y terminaron convertidos en las Pléyades. Podrían ser cuatrocientos, como los hijos de Coatlicue y Mixcóatl, quienes liderados por Coyolxauhqui intentaron vengar el nacimiento de su hermano bastardo Huitzilopochtli, mismo que los vencería con sus propias manos para transformarlos en las estrellas del sur, las Centzón Huitznáhuac. Podrían ser cuatrocientos.
Corren porque persiguen al niño Cristo: un muchacho aún más joven que el resto del grupo. Túnica naranja y unos diez años de edad. Está escondido en alguna casa del pueblo. Lo aprehenden. El ritual continúa en el atrio. Algunos judíos presionan al público para que entren. Después, una peregrinación forzosa por todo el pueblo. Radiante la luna.
El viernes santo, los demonios se pintan de colores. Policromía sagrada. Entran a la iglesia y salen uno a uno arrastrándose por el suelo. Uno de ellos es completamente cubierto de hilos con cascarones de huevo y recorre el pueblo montado en un burro. Esa tarde comienzan los duelos en la plaza. Dos borrados corren en dirección paralela y se golpean con espadas de madera. Uno debe someter al otro. Simulan cortarse las extremidades. El ritual sigue toda la noche. Es interminable.
Amanece. El sábado santo finaliza el ritual. La ramada que sirvió como capitanía se incendia en cuanto sale el sol. Los judíos comienzan a bailar entre ellos. Los que se habían disfrazado como mujeres, ahora llevan faldas largas y bailan. Catársis sexual. Otros muchachos muestran revistas pornográficas a la audiencia mientras ríen y piden dinero. Las niñas de su edad observan tímidas. Muchas de ellas ya son madres. Los borrados continúan bailando banda en parejas.
Cristo Sol ha resucitado. Los demonios huyen al río. Se bañan, se despintan, se autodestruyen y resucitan. Vuelven sus miradas.
La semana santa cora revela un sincretismo vivo. La tradición judeocristiana y la de los náayarite ahora convergen con la cultura contemporánea en años en los que la mayoría de los rituales han pasado a ser representaciones teatrales de costumbres pasadas. La judea cora se renueva constantemente, como la cosmovisión de un pueblo caracterizado por su renuencia a la evangelización absoluta, y no ajeno a la influencia cultural del México independiente. En la ceremonia se asoman rasgos de lo mexicano. Nuestra orfandad espiritual oculta por máscaras. El apego a la forma, a lo suntuoso y desaliñado. La fiesta explosiva y redentora. Se asoma también el peso de los medios de comunicación. Internet continuará permeando en los adolescentes coras, y entonces este ritual fascinante podría volverse exponencialmente más complejo. Los coras alimentan la tierra sin dejar de voltear al cielo, que les anuncia que los tiempos cambian. La ceremonia garantiza así su perpetuidad.
Nubes de tierra y el calor que sofoca. El aire es fuego y la tierra es aire.
Recomendación de imágenes sobre la Semana Santa Cora:
Fotógrafo Jan Sochor: http://www.jansochor.com/photo-essay/semana-santa-cora-mexico 

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