Olores Patrimonio

Texto por Carmen Castillo Cisneros

Entre los olores de la ciénega, capté el perfume sutil de las alas de mariposa en mis dedos, un perfume que varía según la especie: vainilla, limón, o almizcle o un olor dulzón y mohoso difícil de definir (Vladimir Nabokov en Habla, memoria).

 

Un olor inundaba el salón, era un aroma peculiar; entre amargo y dulce, difuso y penetrante, fresco y añejado. Lo cierto es que retaba a la sabiduría de nuestras narices. – Es el corozo – dijeron las “tecas” y cuando giré la cabeza, noté que, racimos de corozo enlazados a las verdes hojas de la palma que lo producen pendían de cada columna del lugar.

Entendí entonces que para llevar a cabo una Vela istmeña fuera del Istmo, no bastaba con vestirse de huipil, enagua y holán, amarrarse un lindo refajo que corta el cuerpo en dos o lucir un perfecto peinado atestado de llamativas flores, brillos y listones. Tampoco es suficiente bailar la Sandunga como Juana Cata, cargar un jicalpextle con maestría y porte o mascar totopo mientras se saborea un coctel de camarón.

Que si el holán duro o aguado, el semanario en el brazo izquierdo o derecho, llegar con una “cartona” de cerveza, dar la limosna a tu anfitriona de puesto envuelta en un kleenex o saber que el sombrero de terciopelo de los hombres se llama “charro 24” eran, esta vez, nimiedades que ya controlaba. En esta Vela yo daba un paso más… el salto a los olores compartidos, los sutiles amarres que unen a un colectivo.

Nabokov nos habló del olor de la mariposa, mientras Withman pudo trasladarnos a los bosques de pinos de Maine o a las praderas de Illinois a través del acto olfativo. Con ello vemos que la naturaleza es tan caprichosa que, en sus perfumes, ya sean delicias o no, se esconde información olorosa que colabora con su supervivencia.

Oler, olisquear, olfatear son actos primarios que nos brindan ese pase directo y sin escalas a la memoria. Por ello, nuestras identidades y nuestros patrimonios también incluyen aromas, perfumes y fragancias.  Yo no lo sé de cierto pero por ahí dicen que los mexicanos olemos a maíz y me intriga la idea de un perfume a base de maíz que se llame “el mexicano”.

Pero como vivimos en un país botánica, faunística, culinaria y culturalmente diverso los aromas que nos envuelven son múltiples y variados y eso, no hace otra cosa, sino dispersar riquezas por los aires.

Es así que lo istmeño, como pude notar en mi participación en la Vela Xhavizende, fiesta máxima de la Asociación de Juchitecos radicados en la ciudad de Oaxaca, atesora un olor y para encontrarlo, grandes vainas de coqueiros tienen que explotar y florecer.

El corozo, como flor, es un curioso racimo blancuzco que acompaña la vida ritual de los istmeños, su presencia está en fiestas, funerales, iglesias, Velas de santos patronos y por qué no, en casas familiares. Forma parte de sus aromas cotidianos y la entrada de un racimo a tu hogar implica tanto la bendición de este, como que tus deditos se queden bien impregnados de su efluvio.

Es así que, entre puestos de comida local, el enervante perfume del corozo reinaba en la Vela, haciendo que la garnacha, los pescados, los quesos, estofados y cochitos se rindieran ante él, y que los cuerpos humedecidos por tanto baile entre pesados terciopelos, no entraran al quite.

Las Velas son un derroche sensorial que, como toda flor, brotan, estallan en fulgor y al cabo de unos días mueren para renacer cada año con otras efervescencias de color, despliegue de trajes, papeles picados, mujeres contoneándose garbosas y ríos de cerveza y mezcal para compartir.

Al término, guayaberas y paliacates, refajos, enaguas y holanes se lavan cuidadosamente para meterse de nuevo en esos baúles que cada casa istmeña resguarda bajo llave y que, como todo, también tienen un singular olor.

El poder de los aromas es indeleble e inolvidable. Vive en nuestros cuerpos, en nuestros lugares y en nuestros afectos, por eso, cada cultura como cada individuo reconoce los olores que lo atan.

Los olores son parte de nuestro México patrimonial. Nuestro mole huele a chocolate, chile y copal, nuestro mezcal a verdes agaves cocinados tierra adentro, huelen nuestras ruinas a pasado enfrascado y nuestras iglesias a nardo y crisantemo. Huelen nuestros panteones a cempasúchil en día de muertos, huelen nuestras fiestas a pólvora, nuestros campos a barro mojado y los telares a manos trabajando.

Me hueles México y la ruta de mi nariz donde quiera que yo me encuentre siempre me lleva a ti.

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