La Arquitectura Emocional en México.

Texto por Fausto Aguirre.

Foto de portada “Casa Gilardi” por Fausto Aguirre, 2016.

El espacio no solamente está integrado por aquellos elementos que conforman el interior arquitectónico, ni se compone exclusivamente por objetos de carácter constructivo o por simples enseres estéticos, el espacio en si es el resultado de la interpretación y el uso que le da cada ser humano. Esta interpretación estará en relación directa con las vivencias del usuario; es el cúmulo de anécdotas, sentimientos y recuerdos. 

Debemos recordar que el principal objetivo de la arquitectura es realizar espacios que sean habitados por el hombre, por tal razón, el responsable de generarlos debe considerar las emociones que se desean transmitir al usuario —arquitectura emocional—; incluso Luis Barragán decía que “toda arquitectura que no provea serenidad es un error.” (Aldrete, 2007, p.108).

La arquitectura emocional nace en México con el arquitecto Mathias Goeritz en 1953 a partir de su “Manifiesto de la arquitectura emocional” para presentar EL ECO. Al arquitecto no le bastaba solamente desarrollar un espacio funcional, es por eso que por medio de diferentes escalas y perspectivas se enfocó en transmitir una emoción al espectador.

“Sólo recibiendo de la arquitectura emociones verdaderas, el hombre puede volver a considerarla como arte. Saliendo de la convicción de que nuestro tiempo está lleno de altas inquietudes espirituales, EL ECO no quiere más que una expresión de éstas, aspirando –no tan conscientemente, sino casi automáticamente- a la integración plástica al hombre moderno una máxima emoción. Mathias Goeritz.” (Del Castillo y Miranda, 2015, p.64).

En este sentido podemos considerar a la obra arquitectónica como una pieza de arte; por lo cual para Pallasmaa (2014) “También la arquitectura es una expresión artística en la medida en que trasciende su esfera puramente utilitaria, técnica y racional y se convierte en una expresión metafórica del mundo y de la condición humana.”(p.128). Bajo esta tendencia, debemos recordar que siempre que trabajamos con personas, trabajamos con emociones, es por eso que la arquitectura debe tener la cualidad de ser enriquecedora. La arquitectura debe provocarle algo a quien la habita.

El interior arquitectónico va más allá de proponer espacios lógicos y funcionales, su trascendencia radica en ser sensible a esas emociones que puede transmitir al usuario, generando a priori una reacción —positiva o negativa—; no obstante debemos mencionar que aunque los espacios estén diseñados para generar un sentimiento o provocar cierto comportamiento, las personas tienen su propia carga emocional, incluso se podría hablar de una memoria habitativa; “Los recuerdos integran nuestro mundo emocional, cuya construcción se inicia en la infancia.” (Aldrete, 2007, p.107). Las experiencias y las expresiones de las personas siempre se hacen presente, algunas veces manifestadas de forma física y otras solamente por medio de las emociones; “El usuario en general vive cotidianamente la arquitectura como un cúmulo de sensaciones de las que no siempre es consciente.” (Aldrete, 2007, p.114).

La experimentación del usuario frente a la arquitectura interior se verá afectada por las emociones intrínsecas generadas por aquellos elementos de carácter sensorial como son la luz, la textura, el color y los sonidos; estos recursos además de generar un estímulo al usuario permiten distinguir de forma particular a la arquitectura, convirtiéndola en un lugar único tal como lo dice Ana María Álvarez (2010).

La arquitectura emocional —también nombrada como arquitectura escultórica— emplea elementos de carácter sensorial que son capaces de modificar la perspectiva del espacio, así como generar un sinfín de emociones y sensaciones en el espectador. Este tipo de arquitectura se caracteriza por su capacidad de aportar elementos de carácter natural y hasta se podría decir que aporta al espacio interior elementos primigenios, por ejemplo la generación de sombras y penumbras proyectadas por el recorrido solar durante el día. En México se reconoce a  Mathias Goeritz y a Luis Barragán como los máximos exponentes de esta corriente, sin dejar de lado a arquitectos como a Antonio Attolini Lack y Ricardo Legorreta quien hace referencia en varias de sus obras al estilo arquitectónico de Barragán. Por otra parte debemos nombrar a Juan O´Gorman quien en un principio se dedicó a crear arquitectura funcionalista pero con el paso del tiempo se inclinó por una orgánica y de carácter emocional.

“La arquitectura de Barragán, como la de otros arquitectos destacados, celebra nuestra presencia en el mundo a través de nuestro cuerpo, instrumento que por excelencia utilizamos para percibir el ámbito que habitamos, sea éste natural o construido. No sólo utiliza elementos artificiales, como el vidrio y el acero, sino que además se sirve de la naturaleza en general, en particular del agua y de la luz, para dotar así a sus espacios de estados de ánimo particulares, ya que reconoce que nuestra percepción se da en el concierto de los sentidos, en el tiempo y en el espacio.” (Aldrete, 2007, p.97).

Se podría afirmar que tanto Barragán como Goeritz incluían dentro de sus obras elementos muy similares e incluso que tenían una aportación lingüística y cultural, arquitectónicamente hablando, muy similar respecto a los efectos y sentimientos que deseaban transmitir, y que iban más allá de la fachada exterior enfocándose también en el espacio interno, generando composiciones habitables. La visión espacial de estos dos arquitectos incluía el uso del color para exaltar los muros de sus obras, crear diferentes sensaciones de profundidad y densidad, que dieran al muro el protagonismo necesario como para considerarlo una obra escultórica que invitara a su contemplación y así generar una arquitectura donde el fin principal fuera ocasionar emociones. 

Barragán buscaba dar un valor emocional a la arquitectura a través de la apropiación regional y resaltaba en su obra arquitectónica la belleza, para él un elemento esencial en la vida del ser humano, por medio de grandes y gruesos muros con los que creaba bloques visuales con emblemáticos acordes cromáticos; de igual forma su arquitectura provoca efectos sensoriales por medio de luces proyectadas que sirven como generador de lugares, tal como lo hace James Turrell, y crea espacios de recogimiento espiritual. Luis Barragán también buscaba la conexión del interior con el exterior, en donde el agua y los jardines vincularan al hombre con la naturaleza. De ser cierta esa conexión, entonces, se sobrepasaba una relación espacial y contextual pues buscaba estimular al espectador con su obra y crear en él un efecto sentimental.

Bibliografía.

ALDRETE, J., 2007. Arquitectura y percepción. Ciudad de México: Universidad Iberoamericana.

ÁLVAREZ A. y BAHAMÓN, A., 2010. Luz, color, sonido. Barcelona, España: Parramón Ediciones, S.A.

DEL CASTILLO, C. y MIRANDA, D., 2015. Guía Goeritz. México, D.F: Arquine.

PALLASMAA, J., 2014. La mano que piensa. Sabiduría existencial y corporal en la arquitectura. Barcelona: Gustavo Gili.

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